Confesar nuestros pecados




«Comienza la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios». Este es el inicio solemne y gozoso del evangelio de Marcos. Pero, a continuación, de manera abrupta y sin advertencia alguna, comienza a hablar de la urgente conversión que necesita vivir todo el pueblo para acoger a su Mesías y Señor.
En el desierto aparece un profeta diferente. Viene a «preparar el camino del Señor». Este es su gran servicio a Jesús. Su llamada no se dirige solo a la conciencia individual de cada uno. Lo que busca Juan va más allá de la conversión moral de cada persona. Se trata de «preparar el camino del Señor», un camino concreto y bien definido, el camino que va a seguir Jesús defraudando las expectativas convencionales de muchos.
La reacción del pueblo es conmovedora. Según el evangelista, dejan Judea y Jerusalén y marchan al «desierto» para escuchar la voz que los llama. El desierto les recuerda su antigua fidelidad a Dios, su amigo y aliado, pero, sobre todo, es el mejor lugar para escuchar la llamada a la conversión.
Allí el pueblo toma conciencia de la situación en que viven; experimentan la necesidad de cambiar; reconocen sus pecados sin echarse las culpas unos a otros; sienten necesidad de salvación. Según Marcos, «confesaban sus pecados» y Juan «los bautizaba».
Esta puede ser hoy nuestra tentación. No ir al «desierto». Eludir la necesidad de conversión. No escuchar ninguna voz que nos invite a cambiar. Distraernos con cualquier cosa, para olvidar nuestros miedos y disimular nuestra falta de coraje para acoger la verdad de Jesucristo.
La imagen del pueblo judío «confesando sus pecados» es admirable. ¿No necesitamos los cristianos de hoy hacer un examen de conciencia colectivo, a todos los niveles, para reconocer nuestros errores y pecados? Sin este reconocimiento, ¿es posible «preparar el camino del Señor»?  José Antonio Pagola

Muchas gracias de parte de Caritas


El fin de semana pasado se realizó en toda España la campaña de recogida de alimentos promovida por el Banco de Alimentos.
La Caritas de Alquerías está en contacto con e Banco de Alimentos que les ofreció recoger los alimentos en el CONSUM de este pueblo  y en dos supermercados más. En total se recogieron más de tres mil kg.
La gente fue muy espléndida, por ello Caritas les agradece su participación, así como a los voluntarios que quisieron ayudarles a realizar esta campaña.
¿Qué es el Banco de Alimentos?
Es una entidad benéfica sin ánimo de lucro, independiente de toda ideología económica, política y religiosa.
Actualmente en España existen 52 Bancos de Alimentos, uno en cada provincia, agrupados en la Federación Española de Bancos de Alimentos.
El Banco de Alimentos organiza la campaña de recogida de alimentos pero los que los distribuyen son organización como Caritas, la Cruz Roja etc.

ADVIENTO - Marcos 13, 33-37 - UNA IGLESIA DESPIERTA

Las primeras generaciones cristianas vivieron obsesionadas por la pronta venida de Jesús. El resucitado no podía tardar. Vivían tan atraídos por El que querían encontrarse de nuevo cuanto antes. Los problemas empezaron cuando vieron que el tiempo pasaba y la venida del Señor se demoraba.
Pronto se dieron cuenta de que esta tardanza encerraba un peligro mortal. Se podía apagar el primer ardor. Con el tiempo, aquellas pequeñas comunidades podían caer poco a poco en la indiferencia y el olvido. Les preocupaba una cosa: «Que, al llegar Cristo, nos encuentre dormidos».
La vigilancia se convirtió en la palabra clave. Los evangelios la repiten constantemente: «vigilad», «estad alerta», «vivid despiertos». Según Marcos, la orden de Jesús no es sólo para los discípulos que le están escuchando. «Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: Velad». No es una llamada más. La orden es para todos sus seguidores de todos los tiempos.
Han pasado veinte siglos de cristianismo. ¿Qué ha sido de esta orden de Jesús? ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy? ¿Seguimos despiertos? ¿Se mantiene viva nuestra fe o se ha ido apagando en la indiferencia y la mediocridad?
¿No vemos que la Iglesia necesita un corazón nuevo? ¿No sentimos la necesidad de sacudirnos la apatía y el autoengaño? ¿No vamos a despertar lo mejor que hay en la Iglesia? ¿No vamos a reavivar esa fe humilde y limpia de tantos creyentes sencillos?
¿No hemos de recuperar el rostro vivo de Jesús, que atrae, llama, interpela y despierta? ¿Cómo podemos seguir hablando, escribiendo y discutiendo tanto de Cristo, sin que su persona nos enamore y trasforme un poco más? ¿No nos damos cuenta de que una Iglesia «dormida» a la que Jesucristo no seduce ni toca el corazón, es una Iglesia sin futuro, que se irá apagando y envejeciendo por falta de vida?
¿No sentimos la necesidad de despertar e intensificar nuestra relación con él? ¿Quién como él puede liberar nuestro cristianismo de la inmovilidad, de la inercia, del peso del pasado, de la falta de creatividad? ¿Quién podrá contagiarnos su alegría? ¿Quién nos dará su fuerza creadora y su vitalidad? José Antonio Pagola

Salvemos la Navidad




La próxima semana comenzaremos el tiempo de Adviento, preparación para la Navidad.
Nosotros sabemos que el acontecimiento que celebramos en Navidad es el hecho más importante que ha acontecido en la historia del mundo.
Dios ha venido y se ha quedado para siempre entre nosotros y lo ha hecho de una forma desconcertante para nosotros.
La Navidad corre peligro. En las ciudades las calles se llenan de luces y las tiendas exponen sus regalos navideños. En muchas casas se colocan adornos y por Navidad las mesas suelen estar llenas de dulces.
Pero muchos no son conscientes de que Dios ha nacido, de que Dios está entre nosotros. En nuestras calles todavía circulan muchos corazones rotos, corazones cerrados al amor, vacíos de afecto, oprimidos por el egoísmo que los aleja del otro. Hay gente sola, hay personas que se sienten juzgadas, las hay que han sufrido el desprecio o la injusticia, también hay personas atrapadas por los placeres del momento y son muchos, demasiados,  los que carecen de trabajo.
Así las cosas es difícil para  muchos acercarse al pesebre como los pastores.
La Navidad no es un cuento de niños, sino la respuesta de Dios al drama de la humanidad. Respuesta de un niño que nace para todos, pero que se acerca con preferencia a los que casi ven que su esperanza se la han arrebatado.
La Navidad es la revolución de la ternura. Es una invitación a lo que en alguna ocasión nos ha invitado el papa Francisco “a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos”.
Vivir la Navidad es pensar en los demás, es caer en la cuenta de que en los pequeños Dios está presente. Vivir la Navidad es reconocer el gran amor que Dios nos ha tenido a todos.
Salvemos la Navidad,  dejémonos sumergir en la experiencia única que supone sentir que Dios se ha hecho uno de nosotros.